Actualmente, en el centro Liceum, imparto clases de cómic a cinco alumnos. Dos de 16 años, uno de 9 y dos de 11. Todos van desarrollando el taller de forma individual y personalizada. Atiendo a cada proyecto que el alumno me presenta y juntos tenemos una misión: completarlo. Siempre comienzo las clases preguntando qué les apetece hacer. Si no tienen nada en mente, yo les propongo desarrollar un cómic; una historia completa pasando por todas las fases.

Considero que es importante que aprendan a tener cierta disciplina para desarrollar un proyecto largo, empleando herramientas básicas para el desarrollo de una historia para cómic.

Al finalizar cada clase, insisto en preguntarles si les está gustando lo que están aprendiendo, si están disfrutando del taller y si les apetece continuar con el proyecto. Esta parte es muy importante porque, aunque ellos no me han propuesto ninguna idea, eso no significa que les guste lo que yo les planteo. Es ahora, con la experiencia, cuando ellos decidirán si les gusta o no. Los chicos mayores (16), me transmiten sus necesidades y opiniones, pero los mas jóvenes( 11-9) siempre me dicen que les gusta y no siempre es lo que sienten de verdad.

Es aquí es donde mi relación con sus padres, madres o tutores/as pasa a jugar un papel tan importante. Es a ellos a quienes les van a transmitir sus verdaderos sentimientos y, debido al formato de “clases de ocio“, padres y profesores descuidamos la comunicación entre nosotros olvidando que aun siendo ocio, puede tener un impacto en la trayectoria del niño que defina sus intereses presente y futuros.

Este abandono en la relación con los padres, no se produce en mis clases particulares. Al ser individuales, casi siempre mantenemos una pequeña charla al finalizar la clase que nos ayuda a entender mejor los intereses del alumno y sus necesidades.

Sin embargo, en el centro, esta comunicación natural nunca se llega a producir porque yo llego al aula y me voy y los padres dejan sus hijos y los recogen, y nunca se produce una conversación entre nosotros.

Sin embargo, esta forma de desarrollo tan distante, me ha pasado factura. Pues uno de mis alumnos más jóvenes, ha abandonado mis clases, y ni el alumno ni los padres me han comunicado nada. Nunca me había pasado algo así… ¡y me sentí totalmente frustrada! Ni el niño ni sus padres me dieron la oportunidad de poder adaptar las clases a las necesidades de mi alumno. El motivo, que le dieron al centro fue que, a mi -ahora- ex-alumno, la parte de escribir se le hacía muy pesada.

Mi ex-alumno -al que llamaremos N–, padece TDAH. El mismo día que lo conocí, sin que nadie me lo comunicase, ya me había dado cuentaConectamos muy bien desde el principio, pues es un gran aficionado al anime… ¡y yo hablo su idioma! Le pregunté que le apetecía hacer en clase y como no tenía ninguna preferencia, le propuse desarrollar una historia. Le gustó y parecía contento con la idea. Cuando me explicó la historia que quería desarrollar me pareció maravillosa ¡tenía una imaginación mezclada con humor absurdo llena de riqueza! Y sus dibujos tenían un estilo gráfico muy definido y personal ¡me encantaba! Siempre me mantenía atenta a sus reacciones y el día que le pedí desarrollar la escaleta, supe que desarrollar un guión, sería un esfuerzo enorme para él.

Aun así, quería que lo probase para saber -con su experiencia- si realmente podría o no hacerlo (¡nunca está bien presuponer ni subestimar las capacidades de los alumnos!)

Lo más importante, es que lo íbamos a intentar y en base a su motivación, continuaríamos o pasaríamos directamente a la fase de dibujar la historia únicamente con la escaleta. Como cada día, le pregunto si todo va bien, si le está gustando y si quiere continuar.

N me dijo que si, pero la realidad, era no.

En la siguiente clase, el centro me comunicó que N ya no vendría más. Lo que más me dolió fue el desinterés de los padres por comunicarme las inquietudes de su hijo y no darme la oportunidad de poder adaptarme a sus necesidades. Pero no les puedo culpar por ello pues, mi relación con ellos era nula. En el centro, los padres dejan a sus hijos y vienen a recogerlos. Mi mayor error fue basar mi experiencia en mis clases particulares y también creer que puedes establecer la misma relación con adolescentes (13-16) y con preadolescentes (9-12). Con los primeros, yo les cuento y ellos me cuentan pero con los segundos, yo les cuento y ellos dicen que si a todo. ¿Y los más peques? -os preguntareis. ¡Los mas peques son más sinceros que el hambre! Si no les gusta te lo dicen y te lo comes con patatas.

Los preadolescentes, por defecto, no suelen comunicarte sus inquietudes.

Solo a través de los padres puedes entenderlos mejor. En la intimidad se comunican y se abren un poco más a lo que opinan y piensan. Conseguir que la experiencia para mis alumnos y sus padres sea igual de buena tanto en el centro Liceum como en mis clases particulares, será mi objetivo marcado con fluorescente. Es más complejo, pero yo me sentiré más satisfecha. Y si un alumno desea dejar mis clases, que no sea porque yo desconocía sus necesidades academicas, sino bajo la experiencia de haberlo intentado.

Alumna B. escribiendo guion para cómic.
Alumna B. escribiendo guion para cómic.