Cuando comienzo un Videocuento, se inicia un intercambio de experiencias en las que yo, aporto mi servicio a mis clientes y los clientes, dejan una pequeña parte suya en mí: un cachito de su vida, de emociones y sobre todo, de muchísima ilusión.

Para mí, es muy importante empaparme de todo lo que me transmiten y dicen. Aunque eso implique tener las emociones a flor de piel.

Llorar, reír y exclamar cada momento con ellos.

No soy una máquina y transcribir cada palabra sin decirlas ni sentirlas como propia en cada una de las historias es imposible para mí. De hecho, lo que me ayuda, es a viajar por cada escenario y entenderlos. Y cuando lo entiendes los amas y perpetuas mementos.

Pero no todo puede ser en el plano subjetivo, pues, si no te alejas, no podrás aportar el lado conceptual y técnico a la historia. Las historias comunican algo y si no sabes transmitirlo, se pierde la finalidad de los Videocuentos pues,

es un recuerdo que queremos rememorar para que no se diluya y se pierda con nuestra memoria.

Cuando un cliente me pasa su historia, me pongo muy nerviosa y tiemblo. Literalmente tiemblo. Porque soy consciente de la importancia de lo que tengo entre mis manos.

Un recuerdo. Una memoria.

Momentos pequeños en relación a toda una vida pero, si lo quieren recordar y contar ¡tiene que ser muy importante para la persona que me lo ha pasado!