La motivación.

Siempre comienzo las clases de cómic preguntando qué les apetece hacer porque creo que si partimos de algo que les motive personalmente, puedo evitar que caigan en el abandono académico. En cada sesión mis alumnos/as van desarrollando sus habilidades de forma individual y personalizada, atendiendo a cada proyecto que me presentan y juntos, tenemos una misión: completarlo.

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Durante las clases.

Procuro crear un ambiente de confianza, donde puedan expresar lo que les motiva aprender y lo que no. Los alumnos/as mas peques (5-8) ¡son los más sinceros! Si no les gusta te lo dicen sin tapujos. Los alumnos de más edad (16), tienen una personalidad más decidida y expresan sus ideas sin miedo, transmitiéndome sus Inquietudes y opiniones. Pero los más jóvenes ( 11-9) la mayoría son callados y reservados y soy yo la que debe tomar la iniciativa de preguntarles. Sus respuestas siempre son muy positivas porque todavía les cuesta comunicarse a un nivel emocional complejo. Y es muy difícil saber lo que sienten de verdad. Por eso, es muy importante tener un feedback de las clases pues es durante  la experiencia, cuando ellos entienden si les gusta o no lo que están haciendo y evitar el tan temido abandono académico.

La comunicación.

Una de las claves que nos ayudarán a comunicarnos mejor con los alumnos, es mi relación con sus padres, madres o tutores. Es a ellos a quienes mis jóvenes alumnos les transmiten sus verdaderos sentimientos. Pero padres y profesores tenemos una vida de adultos ocupados y descuidamos la comunicación entre nosotros olvidando que nuestra buena o mala relación, puede tener un impacto en la trayectoria académica del niño/a.
Aunque no en todos los ámbitos docentes es así. Por ejemplo, en las clases particulares, al ser individuales, casi siempre mantenemos una pequeña charla al finalizar la clase. Sin embargo, en las clases grupales, por la sinergia, estos encuentros se vuelven esporádicos: el profesor llega al aula, los padres dejan a sus hijos en el centro, los chicos entran en el aula y al finalizar, unos alumnos se van y otros entran. Y así, en bucle.

Consecuencias.

Esta forma de desarrollo tan distante, me ha pasado factura. Pues uno de mis alumnos más jóvenes, abandonó mis clases.  Ni el alumno ni los padres me comunicaron nada. Nunca me había pasado algo así… Ni el niño ni sus padres me dieron la oportunidad de poder adaptar el contenido a las inquietudes de mi alumno.

El ex-alumno.

El joven que inauguró, en mi vida profesional como docente, mi primer abandono académico, se llama N. Conectamos muy bien desde el principio pues, era un gran aficionado al anime… ¡y yo hablo su idioma! Le pregunté qué le apetecía hacer en clase y como no tenía ninguna preferencia, le propuse desarrollar una novela gráfica. Le gustó y parecía contento con la idea. Cuando me explicó la historia que quería desarrollar me pareció maravillosa ¡N tiene una gran imaginación mezclada con humor absurdo! Sus dibujos tenían un estilo gráfico con mucho carácter ¡me encantaban! Pero el día que le pedí desarrollar la escaleta, supe que desarrollar un guión, sería un esfuerzo enorme para él.

Aun así, quería que lo intentase, para que decidiese con su experiencia si realmente podría o no porque nunca está bien presuponer ni subestimar las capacidades de los alumnos.

Abandono.

Cada día de clase, le preguntaba si le gustaba lo que hacía y si quería continuar. me dijo que sí, pero la realidad, era que no. En la siguiente clase, el centro de enseñanzas me comunicó que ya no vendría más. Había abandonado mi actividad. Falló la comunicación estrepitosamente entre el alumno, los padres y yo, perdiendo la oportunidad de poder adaptarme a sus inquietudes académicas. Toda esta vivencia me sirvió de lección para cambiar mi protocolo en las entradas y salidas. Me fijé como objetivo acompañar o recibir a los alumnos a las entradas o salidas y buscar un encuentro, por puntual y fugaz que fuese, con los padres y poder mejorar nuestra comunicación.

La experiencia.

Aunque hacer todo esto no asegura la permanencia de un alumno/a, por lo menos me llevo a casa la tranquilidad de saber que tanto ellos como yo intentamos encontrarnos bien como profesora-alumno. Y si finalmente, desean dejar mis clases, que no sea porque yo desconocía sus necesidades académicas, sino bajo la experiencia de haberlo intentado.